miércoles, 13 de agosto de 2008

Biografía apócrifa de Gabriela Acher

Gabriela Acher, autobiografía apócrifa

Yo nací en el Uruguay, porque en ese momento quería estar al lado de mi madre. Corría el año... (el año no lo pienso decir ni bajo tortura, así que confórmense con saber que nací). Desde chiquitita fui una niña muy despierta. No dormía, ni dejaba dormir a nadie. Y en eso colaboraba mucho mi hermanita mayor, que me incendiaba la cunita noche por medio.
Mis padres no eran pudientes pero a mí no me privaron de nada. Yo tuve todos los complejos que quise. Pero mi llegada trajo alegría al hogar: al verme la cara, toda la familia lanzó una carcajada. Desde ese momento tomé conciencia de que mi destino era hacer reír.
En la escuela fui una alumna aventajada. Aventajada por los demás.
Por aquel entonces, en el Uruguay, la televisión todavía no existía, así que mi hermanita y yo mirábamos la radio.
Por supuesto que el sexo tampoco existía. Todos nacíamos de repollos o nos traían cigüeñas de París. La versión más revolucionaria era la de la semillita. Pero las hermanas mayores ya existían y yo tenía una, así que me pareció la persona más indicada para informarme cómo había sido mi nacimiento. Me dijo que no sabía, porque yo era adoptada. Y así crecí, sanita de la cabeza, con una sólida formación acerca de mis orígenes animales, vegetales o desconocidos.
Para la hora de mi primera menstruación, el evento me tomó tan de sorpresa que creí que había llegado el momento del juicio final. Pensé: "Esto debe ser la muerte" ( y le pegué en el palo). Por suerte, mi santa madre me dio una exhaustiva explicación que disipó todos mis miedos. Me dijo: "Ya sos señorita". La palabra señorita - dicha con una connotación tan seria y asociada con la sangre - me dio casi certeza de que estaba ante una enfermedad incurable. Temblando como una hoja, le pregunté:- Mamá, yo sé que esto no tiene cura..., ¿voy a tener que pagarlo con la vida?Pero ella me tranquilizó y me dijo:- Sí, querida, pero no te preocupes, que se paga en cómodas cuotas mensuales.
Por aquel entonces ya había aumentado mi popularidad. Y mi peso. Había dejado de crecer para arriba y había empezado a crecer para afuera. Los primeros en notarlo fueron los varones de mi colegio y, gracias a ellos, se podría decir que empezó mi carrera. Tratando de escapar cuando me corrían por toda la escuela hasta que me encontraba con mi madre, que -indignada por lo que veía- me corría a patadas hasta mi casa. Me sentía tan incomprendida y desesperada de la vida, que recurrí a mi hermana en busca de ayuda. Pensé que era la persona indicada para aconsejarme porque en ese momento estudiaba filosofía. Sostuvimos largas charlas en las que ella me demostraba que yo no existía. Comprendí que estaba sola en el mundo. Que mi único contacto con la realidad era la fantasía. Las horas que pasaba en el cine de barrio gozando con el sufrimiento ajeno. Fue en ese entonces cuando el Arte llamó a mi puerta.¡ Le abrió mi hermana y le dijo que yo no estaba! Sentí que tenía tanta mala suerte que el día que fuera famosa no se iba a enterar nadie. Decidí cambiar. Si Mahoma no va para allá... ¡que venga para acá! Tendré una nueva vida, trabajaré, seré independiente. Decidí que ya era hora y, aunque estaba muerta de miedo... ¡me fui de mi casa! A los quince días, cuando mis padres notaron mi ausencia, la casa se convirtió en un caos. Finalmente, mi hermana se hizo cargo de la situación y calmó los ánimos con una propuesta que tranquilizó a toda la familia:¡Cambiaron la cerradura!

de Crónicas Femeninas por Gabriela Acher

lunes, 31 de marzo de 2008

4 cosas, como para retomar éste, my place


4 trabajos que he realizado (pagos, los otros no cuentan):

  1. Babysitter y/o dog sitter, bueno, de alguna manera había que juntar algunos dólares, eran los tiempos de Levingston, que creo es recordado por mí y su familia
  2. Dibujante, no de AutoCAD, de tablero con paralelas y Rotrins
  3. Proyectista
  4. El actual, difícil de definir por cuanto y en tanto es tan amplio y disperso que no sé cómo llamarlo, o sea, todo lo aque hay que hacer en la empresa pero nadie hacía, ése es mi trabajo

4 películas que puedo ver una y otra vez (son light como a mí me gusta el cine):

  1. Cuando Harry conoció a Sally (o viceversa)
  2. El graduado ( solo que con el tiempo he cambiado de personaje con el cual me identifico, debilidad de la película).
  3. Realmente amor (muchas historias de amor, liiinda)
  4. Annie Hall- Matchpoint- Misterioso Asesinato en manhattan y toooodo el cine de Woody Allen empezando en Bananas y terminando en...Scoop creo que fue la última)

4 lugares en los que he vivido:

  1. Aquí casi todo el tiempo.
  2. Springfield, Illinois Años 70 y 71
  3. Bahía Blanca, sin comentarios
  4. En la nubes de Úbeda todos los días un rato

4 programas de televisión que me gustan/gustaban:

  1. Friends (forever..jee)
  2. Sex and the City
  3. Expedientes X
  4. Los Simuladore

4 platos favoritos:

  1. Pescado, preferentemente salmón o trucha, preparado de cualquier forma
  2. Asado...con amigos
  3. Fondue de queso....con más amigos
  4. Paella


4 defectos que tengo:

  1. Impulsiva, atropellada (es lo mismo?)
  2. Cuestionadora (por qué no??)
  3. Acelerada (tengo muy claro que el tiempo no es infinito, tiene fin)
  4. Estructurada- (Microsoft gracias por brindarme el Project manager y el excel, cambiaste mi vida y la hiciste más fácil)

Tendría que haber hecho esta lista antes así me enteraba antes por qué no me quieren. Menos mal que sólo tengo que escribir sólo 4 porque se me siguen ocurriendo más.

4 deseos que aún no cumplí:

  1. Sentirme en paz conmigo misma
  2. Escribir un libro, cosa que dudo que lo concrete, me falta imaginación
  3. Hacer hablar a Claudio
  4. Ganar.....tooooooodo y en todo

4 virtudes que tengo (espero que se me ocurran muchas más que defectos aunque escriba sólo 4, por el bien de mi ego que anda un poco desprestigiado):

  1. Franca (será una virtud?)
  2. Ejecutiva
  3. Inteligente
  4. Divertida (claro no todo el día y mi humor a veces no es muy bienvenido jaaaa. Al pelado no le gustó ni medio cuando, en una reunión de trabajo, dije que él tenía ideas descabelladas...nadie podía parar de reir, menos él que se puso muy serio)

4 cosas que odio:

  1. La ineficiencia
  2. La falta de inteligencia
  3. El Spam
  4. la cebolla, puaj

4 lugares que visito todos los días:

  1. La web
  2. la heladera
  3. el baño
  4. mi cabezota

Y ahora con qué sigo?



martes, 15 de enero de 2008

Hallazgo

su autor es Agustín Capeletto y este es su blog
http://www.intentosliterarios.com.ar
Me gustó mucho este cuento.

Mortal antes de vivo
Lo escribí casi sin darme cuenta, en clases de matemáticas. Entre dos tediosas horas de axiomas, teoremas y vaya uno a saber qué cosa, cuajé el aburrimiento con unas pocas líneas narrativas. Para mi sorpresa, tomó la forma de cuento, se dejó ser y quedó atrapado en una de mis hojas cuadriculadas. Estaba maravillado. Nunca había hecho nada similar, ni siquiera podía comprender los temas de la materia siguiente: lengua, y a veces literatura. Pero allí estaba. Plasmado, creo que se dice. Y ahí quedó.
Mortal antes de vivo, mi creación, quedó encerrada entre tapas duras y cuadraditos color mate por dos años. Nos reencontramos cuando por fin terminé el colegio, mientras seleccionaba no muy cuidadosamente cuadernos para incinerar. Por alguna razón, tal vez intuición, tal vez suerte, resucité aquel engendro. Estaba igual que la última vez, escrito con letras tumbadas, apretadas, apuradas, cuidadosas de no ser descubiertas por la diabólica profesora de matemáticas. Y me miraba fijo. Lo tuve en mis manos un buen rato, feliz de haber salvado el único cuento que recordaba escribir. La principal evidencia que me permitía creer que tal vez, bien en el fondo, podía ser algo más. Trascender, creo que se dice. Y lo dejé en mi escritorio.
Toparme con el anuncio fue pura casualidad. Primer Concurso de Escritura Creativa, decía. Irónico que premien la creatividad con un llamado así de insulso, pensé, mientras decidía enviar la única carta que nunca debería haber escrito. No perdí tiempo: en menos de diez minutos, ajusté mi creación a las ridículas y casi irreverentes bases del concurso. Podrá participar cualquier persona entre dieciséis y veintisiete años, exceptuando aquellos nacidos en los meses de octubre, noviembre, julio, enero y años bisiestos. No se aceptarán obras de autores cuyos nombres comiencen con A, D o W. Los trabajos deberán ser originales, inéditos, individuales, únicos, no premiados, escritos en castellano y/o español moderno. Se entregarán por decuplicado (original y nueve copias) y serán enviados por correo certificado. La extensión no será inferior a tres folios tamaño A7 con interlineado uno punto uno y fuente Estrangelo Edessa cuerpo diecisiete. Premio no hay. Después de pegar y recortar algunas hojas, imprimí, encarpeté, plastifiqué y posteriormente envié Mortal antes de vivo a la dirección indicada. Y me olvidé al día siguiente.
Pasaron algunos meses, de ésos entre otoño e invierno. Bastante húmedos, genocidas de hojas. Y llegó una carta blanca, de sobre pequeño, sin rasgos destacables. La abrí sin cuidado de un costado, un poco desganado por el viento gris que entró junto a la puerta. Casi desfallezco. Decía así: Por la presente e insulsa carta, felicitamoslo por ser el único e irrepetible ganador del Primer Concurso de Escritura Creativa. Le devolvemos su cuento. Premio no hay. En algunas de las diez copias hay manchas de café, salsa, mermelada y comida china. Límpielas. No podía creerlo. Después de limpiar las copias, llamé a todos mis conocidos, grité a los no tanto, me encargué personalmente de ser la envidia de todos. Empezaron a calificarme de varias maneras, pero tres oraciones las resumían de forma impecable: él, poseedor de tanto talento; él, especial, inalcanzable; él, escritor. Yo.
Así fue como decidí dejar mi emocionante carrera de contador y mis estudios en matemáticas avanzadas para lanzarme como escritor profesional. No uno cualquiera, de los que ganan millones con unos pocos libros. Con mi talento sería sencillo. Siguiendo algunas instrucciones universales podría escribir uno de esos libros que venden. Los pasos a seguir los había conseguido semanas atrás en una revista de consultorio, no me quedó otro remedio que memorizarlas. Número uno, no se esfuerce. No utilice oraciones en voz pasiva, complicadas o extensas, confunden al lector adinerado. El título debe ser largo y fácil de recordar (Ejemplo: “El misterio del código asesino”). Número dos, plantee una historia amplia y llevadera. Amplia para que el lector adinerado sienta que está leyendo literatura; llevadera para que no abandone su obra en el baño a mitad del prólogo. Número tres, sea polémico. Si no tiene fundamentos, mejor: no hace falta que el lector adinerado entienda, sólo que mantenga el sentimiento de la segunda regla. Llegaban hasta ahí, si mal no recuerdo.
Acompañado por mi inconmensurable talento y las infalibles reglas mencionadas, comencé mi segundo cuento. En una hoja cuadriculada, por supuesto. Los polígonos dibujados se llenaron rápido de curvas, puntos y algunas rayas horizontales. Escribía cada letra como si fuera la ultima, garabateando los firuletes reglamentarios y adornando acentos necesarios. Las palabras fluyeron sin parar por unas horas, hasta que sucedió: no supe como continuar, como retomar mi cuento después de terminar la introducción. De repente, punto final. Frustrado, abandoné por un tiempo mi segunda creación. Y empecé la tercera. Y la cuarta. Quinta, octava. No hubo caso: no pude escribir más allá de una introducción impecable. No podía creerlo.
Convencido de mi habilidad narrativa, decidí dejar de lado la frustración introductoria escribiendo los finales de mis siete cuentos. Y lo hice. Al igual que las primeras letras, las últimas fluyeron sin problema alguno. Los terminé a pocas horas de comenzar. Extasiado por mi éxito, tiré las hojas que no reflejaban mi maestría en escritura: decidí centrarme en el séptimo, que tenía una introducción atrapante y un final inesperado. Era más o menos así: Otra vez espero que me saquen de este lugar. Todas las semanas lo mismo: cumplo mi objetivo, limpio la escena y espero que llegue el auto indicado. Pero esta vez es diferente. Llevo dos horas esperando. Extraño, nunca se retrasa tanto. (…) El juicio duró poco. Por suerte el mayordomo es siempre el primer sospechoso. Espero que la silla eléctrica no le sea muy incómoda. Introducción, desenlace, sólo faltaba el nudo.
Desde el viernes intento anudar mi séptimo cuento. Ya es domingo, y todavía no pasó nada. Ni una oración, ni una letra, ni un polígono color mate garabateado. No hay caso. Tengo todas las herramientas: cientos de hojas cuadriculadas, biromes de repuesto, reglas infalibles y un talento inconmensurable. No debería estar sucediendo, tendría que poder unir sin problemas el atrapante comienzo con el inesperado cierre. No importa, confío en mi talento. Ya verán, la inspiración me golpeará en la cara antes que el reloj marque las siete. Ya verán.
Esperé otros dos días. Nada. Los cientos de cuadraditos, las biromes, las reglas y mi talento quedaron abandonados en mi escritorio, esperando. Yo me cansé: volví a mis estudios, regresé al trabajo de contador. Otra vez de traje y corbata, empiezo a creer que fui elegido único e irrepetible ganador del Primer Concurso de Escritura Creativa por falta de participantes.